“Sólo son 1.000 km de nada…”

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La segunda edición de la Rider 1000 se celebró este pasado sábado 17 de mayo en carreteras catalanas. El evento, organizado por el MotoClub Manresa, congregó a más de 1.000 moteros catalanes, españoles y europeos poniendo ante ellos un reto muy sugerente: cubrir 1.000 km de recorrido con inicio y final en Manresa en un máximo de 20 horas por carreteras abiertas a lomos de una moto y uniendo los 12 puntos de paso obligatorios por donde el piloto (o su GPS) crea que es mejor.

Segunda edición de la Rider 1000, el evento no competitivo que pone a prueba la resistencia del buen motero

En la primera convocatoria del evento, en mayo de 2013, se inscribieron 821 participantes. Sin embargo, y sin apenas promoción, en la edición 2014 esa cifra rebasó los 1.000, entre los participantes en los tres recorridos disponibles de la prueba: 749 inscritos en la Rider 1000, 273 en la 500 y apenas 30 en la 300. El dato realmente alucinante es que 500 de los participantes se apuntaron en las primeras 24 horas después de la apertura de la web de inscripciones, lo que demuestra el grado de expectación que la prueba despierta entre la comunidad motera.
Uno de los participantes en la Rider 1000 de 2014 fue Ernest Vinyals, director de MotoTaller, medio colaborador del evento, que a lomos de una Triumph Explorer XC 1200 se atrevió con el reto mayor… ¡y lo consiguió! Eso sí, no lo hizo solo. Fue gracias al empuje de sus compañeros de equipo que al director de MotoTaller no le faltó nunca fuelle. En la aventura catalana, Ernest Vinyals estuvo acompañado por Christel Tudela, gerente del mayorista de recambios de moto Vicma, que pilotaba su propia BMW R 1200 GS (la moto por excelencia de la Rider 1000, con casi de un 80% de las inscripciones copadas por este modelo); y David Turégano, gerente de Launch Ibérica y piloto del equipo Launch Endurance de resistencia, quien recorrió estos exigentes 1.000 km a lomos de una SuperTénéré XTZE 1200 cedida por Yamaha España.

Fiesta antes de la fiesta
El evento empezó con las verificaciones técnicas y administrativas del viernes 16 en el Pavelló Municipal del Congost, la sede del equipo de baloncesto local, La Bruixa d’Or Manresa. La verificación consistía en presentar acreditación, recoger el pasaporte que había que sellar a cada control de paso, la pulsera intransferible de identificación y una bolsa con algunas pequeñas vituallas para resistir los embites del hambre y la sed durante el día siguiente. El trámite estuvo jalonado por la presencia de numerosos stands de empresas colaboradoras, como Andreani MHS, el concesionario Triumph y KTM Italo Motor, la red de talleres especialistas en neumáticos Rodi, el Servei Català de Trànsit o la marca Yamaha, entre otras empresas. Fue entonces cuando se empezaba a palpar ya el ambiente festivo y de encuentro de la comunidad motera que caracteriza las Rider. La fiesta, sin embargo, no pudo alargarse hasta la madrugada, porque al día siguiente había que levantarse más que temprano.

Llega el día D
La organización previó una asignación de tiempos de salida para cada uno de los participantes en función del orden de inscripción a la Rider 1000. Por tanto, quien antes se inscribió, antes salió. Este año, para evitar las aglomeraciones en la salida que se produjeron el año pasado, se estableció un orden de letra y color, de forma que se restringía el acceso a la zona de control y salida solo a los participantes del turno correspondiente. Este sistema demostró ser todo un acierto y la salida de la prueba se llevó a cabo sin grandes complicaciones.
Desde las 6h de la mañana del sábado 17 de mayo, se daba la salida a 6 participantes de la Rider 1000 cada minuto. Los de la Rider 500 empezaban a las 8h y los de la 300 a las 9h. Eso significó que el tiempo máximo de que disponían los moteros para cubrir el recorrido (20 horas) ponía como hora tope de llegada a Manresa entre las 2 y las 4h de la madrugada.
Tras el control de salida, arrancó la Rider 1000 con suavidad. El primer tramo, desde el Congost de Manresa hasta el restaurante Baix Pirineu de Borredà, de 67 km, transcurrió mayoritariamente por autovía. Fueron las primeras horas de contacto necesarias para calentar cuerpo y máquina y poder afrontar las siguientes etapas con garantías. La organización entregó un vale para un café y otro para un bocadillo que pronto se consumieron, dadas las tempranas horas en las que se pusieron en marcha los participantes.
La cosa empezó a ponerse ya interesante con el siguiente tramo, de 87 km hasta el Santuari del Far, sobre el pantano de Susqueda, en Les Guilleries. Una carretera ratonera y estrecha llevaba a este punto de paso con unas vistas realmente sobrecogedoras.
Después, el recorrido seguía describiendo esa especie de gran M llevando a los riders hasta el mar, en el mirador de Canyet de Mar, en la emblemática carretera entre Tossa de Mar y Sant Feliu de Guíxols. 102 km de curvas imposibles, en especial la última parte de descenso hacia los acantilados de la Costa Brava.

Hacia el Pirineo
El casal de Sant Sadurní de l’Heura recibió a los participantes con un sofocante calor y una galerna de insectos voladores, 40 km después de las vistas de Canyet sobre el Mediterráneo y casi 4 horas después de haber salido de Manresa.
De la Girona agrícola a la montañosa fueron los riders a Beget pasando por un tramo recientemente famoso por formar parte del recorrido de la Volta Ciclista a Catalunya, tan duro para los ciclistas que fue nombrado el “infierno de Beget”. 88 km con un tramo final de una pista en muy mal estado plagada de curvas y gravilla. Eran ya casi las 14h y muchos riders se sentaban a comer. Cada uno con su estrategia, pero se reveló más efectivo no descansar demasiado para que no costara tanto el rearranque posterior, así que tirar todo el día a base de barritas, zumos, bebidas isotónicas, frutos secos y agua fue lo más sensato.
Hasta Tuixent había 118 km que transcurrieron en parte por el Eje Pirenaico y después por la espectacular carretera del Coll de la Trapa y Josa del Cadí, a los pies del Pedraforca. En Tuixent, los chicos de Máquina Motors nos mostraron las últimas novedades de Kawasaki, como la neoclásica W800 o la espectacular nueva Z1000.
Tras conseguir el sexto sello a pie de las pistas de Tuixent-La Vansa y Port del Comte, los moteros cruzaban el ecuador de la Rider 1000 con una de las etapas más controvertidas en cuanto al recorrido a seguir. Para llegar a Isona desde Tuixent hay tres caminos: el largo, el más largo y el de locos. El primero requería subir hasta La Seu d’Urgell por una carretera enredadísima para después bajar por la C-14 rápido pero con un montón de curvas a la espalda; el segundo, por la Llosa del Cavall-Solsona, era el de mayor distancia, pero el más sensato teniendo en cuenta el palizón de kilómetros que llevaban los moteros (y lo que les quedaba aún por cubrir); y el tercero, sólo para enfermos, era pasar por Coll de Nargó, una carretera tan espectacular como peligrosa, con abismales barrancos y una calzada muy estrecha en la que encontrarse un vehículo de cara significa por lo menos un buen susto.

De nuevo al campo
Llegados a Isona, tras casi 120 km, los usuarios de cascos Shoei pudieron gozar del servicio de limpieza que Corver estableció allí, así como del engrase de cadena con lubricantes Castrol. El Cafè Modern de Isona es ya un punto de encuentro tradicional en el que suelen coincidir los participantes de las tres Rider.
Desde allí, cubiertos ya los dos primeros tercios de la Rider y tras 11 horas de moto, llegaba la etapa más larga en kilómetros y la que pareció la más proclive a los despistes de ruta, por tener que pasar por Lleida. La llegada a Bovera fue una grata sorpresa, en especial por la exposición que los vecinos del pueblo montaron con ocasión de la Rider 1000. Desde una colección de motos clásicas hasta hortalizas del campo y aceite de oliva virgen, todo esperaba la llegada de la caravana de chiflados de las dos ruedas. En esta población leridana se cumplía el medio día de conducción en moto.
Tras los 48 km que separaban Bovera de Capafonts, los riders llegaron a un tramo típico del Rally Catalunya Costa Daurada, en el que muchos equipos prueban durante el año sus coches para llegar con garantías a la competición. La noche empezaba a asomar amenazante y era hora de abrir bien los ojos. El noveno sello casi se fundió con el décimo, en Savallà del Comtat, en la puesta de sol de un día que empezaba ya a ser digno de memoria y tras otros 58 km de carreteras ratoneras, escondidas entre bosques y que jugaban con los riders a probar sus habilidades como moteros de resistencia, cuando el tiempo de rodaje se acercaba a las 14 horas…
El penúltimo sello, el undécimo, lo recibieron los moteros de la Rider 1000 en una conspiración poética que no tenía nada de casual. Llegar al santuario de El Miracle, cerca de Solsona, tras cruzar de sur a norte las montañas de Prades, Santa Coloma de Queralt, Cervera, Guissona y Biosca en 74 km, cuando se acercaban las 10 de la noche y las 15h de recorrido… Era como para frotarse los ojos para asegurarse de no estar viendo visiones al llegar al santo lugar.

Como en todo, hay un fin
Tras esta última etapa, en la que coincidieron muchos riders de la Rider 1000 y la 500 (algunos de estos últimos hicieron la proeza de cubrir el recorrido en Montesa Impala o en Vespa PX 125…), el recorrido se suavizó cubriendo 47 km, la mayoría en carreteras generales, hasta llegar de nuevo al Congost, para conseguir el sellado final del pasaporte dentro mismo del pabellón del Bàsquet Manresa.
Molidos y ensoñados, los moteros iban llegando poco a poco tras cumplir el reto de enfrentarse a la Rider 1000. Algunos solos, otros acompañados, la mayoría con los antebrazos, las muñecas y las manos destrozadas por el esfuerzo y el culo deformado por la presión sobre el asiento de su montura. Pero todos, todos, felices de haberse demostrado a sí mismos ser mejores moteros de lo que ellos mismos creían. El recorrido medio alcanzó unas 14 horas de conducción. El equipo MotoTaller lo cubrió en 16:30h, con 12:37h de conducción, una media de velocidad de 81,5 km/h y 1.031 km de recorrido total. Pero los datos son lo de menos. Lo que cuenta es la pequeña aventura que significa la Rider 1000 y en la que uno se embarca no por el premio (el pin conmemorativo, la foto, los adhesivos plateados y el pasaporte con los 12 sellos), sino por su propia satisfacción, por saberse realizador de una proeza acaso cercana pero no por ello menos trascentente.

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