Ducati Scrambler Full Throttle: A todo gas

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Es francamente difícil que de Borgo Panigale salgan motos feas. Fieles a la pátina de sublimación de que sigue gozando el diseño italiano, o precisamente como uno de sus máximos estandartes, Ducati sigue siendo una referencia indiscutible en la estética de sus motos. Con esa ansia de crear motos bonitas y con la necesidad de acercarlas a otro tipo de público que no fuera el tradicional de la marca, Ducati (re)creó en 2015 la enseña Scrambler, resucitando de un modo particular un modelo de la propia marca que fue un auténtico bombazo en los años 1960 en EEUU. Los valores que inspiraron aquella Scrambler primigenia son los mismos que han servido de base para crear la actual, aunque con la tecnología y las exigencias mecánicas y de seguridad de hoy. Se trata de ofrecer una moto fácil y desenfadada al cliente que busca satisfacer su ansia de libertad y de movilidad con estilo, pero no de reeditar una moto clásica sino de crear una moto completamente nueva. Una neoclásica como la Scrambler Full Throttle.

La versión que probamos aquí no difiere en lo esencial de la Scrambler Icon, la versión básica de la neoretro de Borgo Panigale. La Full Throttle es una reinterpretación del concepto “flat track” y se inspira para ello en las customizaciones de Frankie Garcia, uno de los constructores estrella del campeonato Super Hooligan. El faro rejado, la trasera deportiva sin guardabarros, el colín monoplaza (aunque la moto sigue estando homologada para dos y cuenta con estribos traseros), las placas portanúmeros laterales, un escape específico y el característico tono bicolor negro y amarillo son los rasgos definitiorios de la Full Throttle. El resultado es una delicia visual se mire por donde se mire. Un bombón italoamericano.

Por lo demás, la Full Throttle no deja de ser una Icon embellecida. Así que mantiene intacto ese motor alegre basado en el de la Monster S2R 800, refrigerado por aire y aceite y con una potencia de 73 CV que puede parecer justa pero que gracias a su respuesta en bajos y medios, a una parte ciclo encomiable y a la ligereza de la moto, destaca con enorme resolución incluso ante motos más potentes. Suspensiones cómodas incluso para adentrarse en alguna pista forestal sin demasiadas pretensiones, y sin comprometer el comportamiento en carretera que sigue siendo muy bueno. Posición de conducción muy natural, con el manillar bastante alto que facilita sentirse muy cómodo a los mandos y mantener siempre el control sobre la rueda delantera. Unos frenos que, a pesar de contar con un solo disco delante, responden con bastante mordiente cuando se les demanda con ganas, aunque sin pasarse. Y unos neumáticos Pirelli MT60 que no dejan de sorprendernos por más que los probamos, puesto que a pesar de su aspecto offroad con esos marcadísimos tacos, se comportan en carretera casi como un neumático deportivo, con una capacidad de agarre sorprendente incluso en asfaltos en mal estado o con poco grip.

¿La Full Throttle vale esos 1.600 € extra que cuesta con respecto a una Icon? Pues… depende. Puede considerarse un mero tratamiento de belleza. ¡Pero qué belleza!

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