Desconexión absoluta en los pueblos negros de la Serranía de Guadalajara

Comentarios
0

Ahora que está de moda hablar de la “España vacía” es momento de dejarse caer por una zona cada vez más mencionada y aun así poco preparada para recibir al visitante, los pueblos negros en la provincia de Guadalajara. Por ejemplo, es uno de los pocos sitios del país (¡qué narices, de Europa!) en los que me he visto realmente apurado por la cuestión de repostar… En la comarca de la Serranía de Guadalajara, a la sombra de la sierra de Ayllón, diversos pueblos presentan una característica común, además de la amenaza de la despoblación: el uso de lajas de pizarra negra para edificar las casas. Esta singularidad -que no es única ya que también se puede contemplar, por ejemplo, en las Hurdes extremeñas o en el valle de Arán-, ha sido la excusa para su futura inclusión en el Patrimonio de la Humanidad de la Unesco… y todo ello a poco más de cien kilómetros de Madrid, en el enésimo ejemplo de esa perversidad social que supone concentrar el “progreso” en las urbes y, por lo tanto, desequilibrar la demografía del territorio hasta la completa extinción rural en algunos casos. El uso de la pizarra en éste y otros lugares no es un capricho y obedece a la abundancia de materia prima, combinada con la precariedad de las comunicaciones en zonas remotas, mucho más acusada siglos atrás.

 

Umbralejo, despoblado en los sesenta y expropiado por ICONA en 1971

Te acerques por donde te acerques, las carreteras son de doble sentido, desiertas y, en algunos casos, muy rotas: es imprescindible dejar las prisas en casa ya que las propias limitaciones de las vías impiden entrar o salir de allí con rapidez.

Imaginando la ruta como una gran “Y griega”, en mi caso accedí por la “pata superior derecha”. Concretando, la primera parada fue en el pueblo-escuela de Umbralejo, despoblado en la década de 1960, expropiado en 1971 por el ICONA y, finalmente, incluido en el “Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados” (PRUEPA), lo que vendría a ser una fusión entre colonias escolares y campo de trabajo, excelente idea lo mires por donde lo mires (cultura del esfuerzo, trabajo en equipo y recuperación patrimonial), que desgraciadamente sólo alcanza a dos pueblos más: Granadilla en Cáceres y Búbal en Huesca.

La singularidad de Umbralejo es el mejor escaparate de esta ruta de Pueblos Negros, ya que es posible contemplar una estructura perfectamente reformada –o camino de ello-, aunque careciendo de habitantes estables, lo que le da un cierto aire de decorado de película.

 

Valverde de los Arroyos y las chorreras de Despeñalagua

Circulando por una carretera que no ha conocido pintura ni arcenes, y a través del monte bajo de la sierra, llegamos a Valverde de los Arroyos, de menos de un centenar de habitantes pero aun así un lugar en el que puedes comprar pan, comer en un restaurante o incluso pernoctar en un hostal de las afueras. Su Plaza María Cristina, donde todo converge, sintetiza en un vistazo lo que llevaría varias líneas explicar en referencia a la arquitectura negra. Por cierto, quien tenga ganas de pasear, puede acercarse hasta las chorreras de Despeñalagua, cascadas consecutivas que suman 120 metros de caída: como hay caudal todo el año, el espectáculo está asegurado.

Más adelante, la carretera atraviesa Palancares (ocho habitantes censados), sin mayor interés aparte de la iglesia a pie de arcén en cuya pared hay colgado un letrero crítico con la política de expropiaciones del ICONA. Un alojamiento rural de reciente apertura intenta dar impulso a un pueblo con muchas de sus casas vacías, no vandalizadas pero sí rindiéndose poco a poco.

A estas alturas de la ruta, observo que tengo poco más que ofrecer al lector, aparte de reiterar el placer que supone dejarse llevar en tercera marcha y disfrutar la soledad que sin duda te va a rodear. La huella humana es difícil de encontrar y eso ya es de por sí un argumento irrebatible para algunos de nosotros.

 

La “ciudad encantada” a las afueras de Tamajón

En Tamajón convergen las dos patas de la “Y” que mencioné al principio del relato así que es momento de volver a remontar, sin desaprovechar las oportunidades que ofrece una “urbe” de 123 habitantes (aunque insisto, entre ellas NO están las gasolineras). A las afueras de Tamajón está la “ciudad encantada”, con rocas calizas de formas caprichosas, y la ermita de la virgen de los Enebrales, refugio de caminantes desde tiempos inmemoriales al estar a pie de carretera (antes camino), en una zona de climatología rigurosa.

La carretera atraviesa núcleos como Campillejo, Roblelacasa –donde hasta el suelo es de pizarra- y Majaelrayo, último núcleo antes de salir de la comarca por el collado de la Quesera, uno de los puertos más complejos que he recorrido, muy retorcido y sin mantenimiento invernal. En la cima está el límite con la provincia de Segovia, y al pie de la nueva vertiente está Riaza, la ansiada gasolinera, y cualquier otra cosa que necesites.

Se abusa mucho de la expresión “escapadas para desconectar” pero me como con patatas una página de mi atlas de carreteras si no te encuentras contigo mismo después de recorrer los pueblos negros de Guadalajara, más que nada porque te costará encontrar otra presencia humana.

Una crónica de Manel Kaizen, autor del bloc “Hoy salgo en moto”.

Publicidad
Euromoto 85 Putoline 2019

COMENTARIOS
0

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*